1000 días y 1000 noches

1000 días implicado pero no imputado. Feliz San Juan y buen solsticio de verano.

A ver si esto se acaba de una vez y puedo poner fin a más de 20 años de opresión y de vilipendio, resultado de una particular combinación de neoliberalismo, de machismo, de las relaciones patriarcales, del Estado y otros organismos, de la prostitución infantil, del mal uso o abuso de algunas sustancias y del feminismo institucional. Por lo menos, cerrar algunos temas.

Cuando tenía 15 o 16 años ya me enfrenté en parte a estas cuestiones, pero sin poder recordar o querer considerar muchos hechos relevantes. Las resolví de manera parcial y temporal con un enfoque más bien mítico y artístico. Los mitos, las artes o la filosofía no determinan de por sí el funcionamiento de la sociedad. Las condiciones materiales son fundamentales, por lo que decidí estudiar Economía y luego Economía Política.

Me he dado la libertad para transgredir las normas morales y algunas leyes, para conocer la inmoralidad admitida y para explorar otros espacios; pero siempre he intentado mantener ciertos criterios de justicia, quizá un poco laxa, quizá permitiéndome ir un poco más lejos para cumplir también una labor de crítica social.

Cada vez que hombres y mujeres me han negado ser una víctima, cada vez que me ha invisibilizado, cada vez que me han minimizado, insultado, ridiculizado, excluido, golpeado y silenciado, me han maltratado; durante más de 20 años. Cada vez que intenté hablar y se me mandó callar, se me violentó y las agresiones olvidadas se hundieron más en el inconsciente. La denuncia contra mí, sus tiempos y todas las implicaciones que está teniendo son también su expresión, al menos en parte.

Estos agravios han tenido mayor o menor importancia. Pocas veces se ha castigado a los responsables o yo no he pedido castigos: no le encuentro demasiado sentido al punir, si no es por causas mayores. Yo también he hecho algunas cosas incorrectas, unas cuantas, también he insultado, minimizado, ridiculizado y en alguna ocasión he agredido; también se me ha punido por ello, aunque no siempre.

En mi veintena, para tirar adelante, por curiosidad, saber, yo también me he beneficiado de la situación de debilidad relativade algunas mujeres, y con sus diferencias de algunos hombres. Aun con las dificultades, debo reconocer que he tenido bastantes ventajas y facilidades respecto otras muchas personas en Occidente. Por supuesto he sido favorecido respecto la mayoría de la población mundial, en gran medida como resultado de  las relaciones (neo, post)coloniales de la globalización.

En nuestro mundo bombardeado por los discursos mediáticos se imponen lógicas de alambre de espino material o inmaterial, como escribía alguien, con restricciones en aumento en la frontera y en el interior queriendo delimitar y regular aspectos crecientes de la vida humana. Se multiplican los dispositivos de control y de seguimiento para identificar y vigilar a los desalineados. Se fomenta que los propios ciudadanos denuncien a sus congéneres por cualquier nimiedad; todos con miedo, se observan entre ellos. El seguimiento por Internet permite atentados muy significativos a la privacidad y a la intimidad.

Al mismo tiempo se impulsan dinámicas de exclusión y de inclusión condicionada. A medida que la pirámide se verticaliza y hay menos posibilidades de promoción, las condiciones para escalar se restringen: se impone un gran cuidado sobre la imagen pública y las informaciones que son distribuidas, fomentando la hipocresía y la doble moral entre lo público y lo privado.

Para las posiciones sociales relegadas, esta recreación de atracción-rechazo tiene el objetivo de reprimir, normalizar, explotar y dominar a las clases proletarias y en paralelo legitimar a las clases, grupos o castas dominantes. En el puesto de trabajo, en la educación y en los espacios públicos se acrecienta la vigilancia de la palabra y del comportamiento, reforzando el control del grupo sobre cada individuo, avivado por el miedo a la exclusión, al castigo y “al qué dirán”.

El capital pone a disposición de la población discursos, productos y contenidos discordantes y a menudo opuestos, a la par que fomenta el enfrentamiento entre los partidarios de uno u otro punto de vista. En muchas ocasiones parece que tanto el pro como el contra, tanto el defensor como el opositor están prefijados con antelación.

De un modo u otro, los proclamas mediáticas son contradichas por la producción neoliberal. Se motiva la pornografía y sus detractores; los derechos de las mujeres se defienden con publicidad pornográfica y demás revistas, películas y series; se da una mayor inquietud por la sexualidad de los menores de edad y se condena la pedofilia, pero los cuerpos de las niñas son utilizados como reclamo comercial. La sexualidad, la desviación y la locura toman una posición exacerbada, ampliándose de manera simultánea el campo del tabú y de la transgresión permitida. A través de esta esquizofrenia generalizada, se extiende la medicalización y patologización de la población.

En Europa y en especial en España, mis análisis me llevan a afirmar que las masculinidades y feminidades hegemónicas colaboran en los hechos para establecer un sistema neoliberal y neopatriarcal en perjuicio de la mayoría de la población. Algunas aplauden mientras las mujeres se deprimen: si la parte de salarios es cada vez menor y hay menos trabajo, la gente se puede sacar los ojos compitiendo para conseguir el favor de los señores del patriarcado capitalista. En el proceso, los que más sufren son una parte de los nuevos nacidos y de los menores de edad.

Dentro de unas relaciones patriarcales, si algunas mujeres llegaran a poner en jaque al poder masculino capitalista, cosa que dudo, entonces los hombres capitalistas favorecerían el trabajo o comprarían a los hombres para que reprimieran a las mujeres, del mismo modo que utilizan la policía para reprimir a los trabajadores. Los hombres serían tan estúpidos y alienados de reprimir a las mujeres en vez de compartir las armas con ellas y atacar a los capitalistas (y una vez ganado quizá pegar alguna colleja a alguna mujer y a unos cuantos hombres).

En los próximos años podemos asistir a un efecto péndulo en las relaciones de géneros: después de unos años de políticas de corte feminista institucional, pueden venir políticas machistas institucionales, con el diseño necesario, pero todavía en prueba acorde al nuevo modelo social, que permita una cierta estabilidad temporal entre la promoción y la sumisión de las mujeres. Las nuevas leyes sobre el aborto todavía pendientes de aprobación serían indicativas de este proceder. Con el vaivén, se dificultarían las uniones estratégicas contra el patriarcado capitalista.

Respecto los hombres, el feminismo institucional neoliberal se basa en un equívoco: según el modelo consciente y explícito todos los hombres son iguales, pero de hecho no lo son. Teniendo en cuenta el modelo menos consciente o inconsciente e implícito, lo que sucede es que se asocia a hombre un “hombre medio” relativamente cercano al hombre blanco capitalista heterosexual formado y capacitado y el resto de hombres (la mayoría) se determina como inferior en grados y en jerarquías (no blancos, proletarios, no formados, homosexuales, discapacitados u otros).

En consecuencia, el modelo asocia a todos los hombres unos estatutos y unos privilegios superiores a los que goza la mayoría y al mismo tiempo no hace suficiente hincapié en los privilegios y enlos estatutos de una minoría. Por un lado el discurso lastima a la mayoría de hombres, a algunos poco, a otros más, más cuanto peor están, quienes por lo general reaccionan de forma estúpida contra el feminismo y las mujeres, haciéndose el macho o el hombre que no se sienten y no como deberían: contra el neoliberalismo y el feminismo institucional, afirmando que ellos también son un poco mujeres o discapacitados y vulnerables. Por el otro lado, el proceso y el discurso favorecen a una minoría de hombres, quienes establecen un ideal machista del supuesto hombre feminista. Esta distorsión permite mayores dosis de violencia sobre un porcentaje de ellos, más cuanto peor están.

El resultado es que unos hombres, mayoritarios, cada vez están peor mientras que una minoría de hombres está cada vez mejor. El aumento de las desigualdades, del reparto entre salarios y beneficios en favor de los segundos y el crecimiento de una pequeña porción de salarios desorbitados es una buena muestra de este proceso.

Respecto las mujeres, tanto el proceso como el discurso establecen un modelo-ideal de mujer con una promoción laboral y unos ingresos capitalistas neoliberales inalcanzables para la mayoría (y también un cuerpo), fomentando la frustración y la competencia entre ellas, así como el establecimiento de una casta femenina dominante.

Una educación basada en la represión de la fuerza, de las expresiones energéticas de cólera, las hace unas candidatas predilectas para explotar en la producción neoliberal presentada como la vía de liberación; sin protestar, esperando su promoción, si hay trabajo.

Desde la infancia y durante la vida adulta las mujeres son jerarquizadas en función de su formación y de su tasa de actividad capitalista y doméstica. A la mujer que protesta y se sale del guion se la detecta muy rápido y se la aparta: la violencia no es propia de las mujeres. La cólera reprimida o el amor impuesto al trabajo o las relaciones con los hombres las hace consumidoras compulsivas de psiquiatras y de farmacéuticas.

En cuanto a la formación de parejas y las relaciones sexuales, en especial las heterosexuales, tanto el proceso como el discurso favorece que una gran parte de mujeres se comporten como Bellas deseosas de casarse con la Bestia que, gracias al influjo del feminismo institucional neoliberal, se transformará en el príncipe-azul-hombre-feminista. Dado el inferior número relativo de hombres en la cúspide respecto las mujeres candidatas, las estructuras sociales promueven formas de prostitución por lo general implícita, ya sea en el campo afectivo o en el profesional.

Al resto de mujeres les va quedar conformarse con el resto, con una mayoría de hombres frustrados y resentidos por no ser lo “suficientemente hombres”, hecho que siempre va a poderse utilizar para excitarlos. En neoliberalismo legitima el capitalismo; el feminismo institucional fomenta que los conflictos sociales se concentren en las relaciones afectivas de pareja. A unas se les dice que siempre son víctimas indefensas y que si denuncian siempre tienen razón, a los otros que son hombres privilegiados agresivos y que si son denunciados siempre son culpables. No hay ingresos, ni oportunidades, ni trabajo para muchos de unos u otras.

Los hombres ejercen la violencia directa e indirecta sobre los otros hombres, sobre las mujeres y sobre los menores. Por lo general, cuanto más abajo están en la jerarquía, más violencia soportan los hombres; cuanto más arriba, más ejercen; unas formas de violencia entre hombres que casi nunca son tomadas en cuenta. Cada vez se identifican más formas de violencia directa y cercana contra las mujeres y cada vez más sutiles, mientras que al mismo tiempo se tienen menos en cuenta las violencias sistémicas y en especial las que sufren los otros hombres. Las mujeres nunca ejercen ninguna violencia sobre nadie, o eso dice la política. Esta construcción de discursos y de artefactos políticos también beneficia por sistema a los hombres que sufren menos violencia, que dada su posición tienden a legitimar la estructura social que les beneficia y que acumulan menos cólera que procesar y bien dirigir contra sus opresores, si acaso los tienen.

La policía y el sistema judicial hacen el resto, maltratando a hombres y mujeres. Me temo que se tiende a punir en función de las características de la acusación y del acusado, no de los hechos. El proceso es preocupante. No es absoluto seguro que esté disminuyendo “la violencia contra las mujeres”. Tampoco ninguna otra violencia. Se fomenta la asociación entre la exclusión, la inmigración, la pobreza, la criminalidad y el sistema penal, mientras aumenta la población reclusa.

A grandes rasgos la estructura social favorece que los hombres situados más arriba de la jerarquía social tengan más relaciones sexuales con más mujeres, como formas de apropiación patriarcal; mientras que los situados en las posiciones inferiores la apropiación es más difícil, aunque se los incite a tener un gran deseo sexualy muchas relaciones (con pareja estable eso significa trabajo para la mujer); algunos hasta se venden, otros son carne de cañón, carne de prisión. No dispongo de estudios, pero además del deseo de posesión fetichista, de la frustración sexualo de otras derivas, supongo que a cuanto más ingreso, más cliente de prostitución, implícita o explícita.

A las mujeres les es impuesta una difícil combinación de frialdad-provocación y de pasividad-excitación que a menudo las lleva a atolladeros. Una educación restringida, mezcla de culto y de odio en relación al cuerpo, a la fuerza y a la sexualidad no fomenta ni el deseo ni el placer, ni tampoco el control de las situaciones. La sexualidad es presentada como un tabú y una liberación, como un deseo desenfrenado y una obligación, como algo incentivado y prohibido, como amor y violencia; se imponen tendencias contradictorias. La falta de ingresos, de recursos o la posición social de debilidad relativa respecto los hombres las lleva a aceptar o a buscar relaciones sin deseo afectivo o sexual.

Al contrario de los hombres, la estructura social favorece que las mujeres situadas más arriba de su jerarquía tengan menos relaciones sexuales con menos hombres, si así lo quieren, que sean más difíciles de apropiar, mientras que las mujeres de abajo tengan más relaciones sexuales con más hombres. Dicen que ser promiscua (fácil, guarra o puta barata) es de clase baja. Abajo hay el sin techo, la loca de los gatos, el sin papeles y la prostituta.

Luego hay faunos, transformistas, magos y otros como yo, que se pasean por las dimensiones y sus intersecciones. Siempre he querido hacer públicas mis historias de juventud, como un seguido de transmutaciones y permutaciones partiendo de la tradición de los libertinos del SXVIII y demás literatura (el doctorado en Economía no ha sido posible, lxs agentes del neoliberalismo y del feminismo institucional me lo han impedido; eso o mis locuras); lo quería hacer público en otro contexto.

Hay que apartarme: lo que digo tiene demasiado sentido. Por ejemplo: hay que invertir, crear empleo, aumentar la parte de salarios y reestructurar los tiempos de trabajo capitalistas y domésticos. ¡Que me detengan!

1000 días: lo de Assange no es nada, a ver si me alcanza.

C’est fini !

 

Bibliografía

[…]

Qué pereza!

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