La partida de la hija pródiga

Años más tarde regresó el menor de los hijos pródigos. Después de tantos otros, la partida y el regreso se habían convertido en una tradición. Madre lloraba de júbilo, pero padre, cansado de representar la emoción de un final previsible, se limitó a preguntar:

–  ¿Te lo has pasado bien?

–  Mucho. Sé bueno y haz que me preparen el banquete.

Cuando la celebración acabó y las luces se apagaron el hijo pródigo se instaló solo en la oscuridad del jardín. Ahí esperó hasta el alba.

Al día siguiente el hogar retomó la actividad y el hijo pródigo entregó sus brazos a la producción, junto a los lugareños, como solía hacer antes de su partida. Por la noche volvió al jardín y se quedó dormido hasta el amanecer.

Fue a la tercera noche cuando la hija, su hermana, lo fue a encontrar.

–  Te he estado esperando.

–  Sabes que no he podido venir.

–  Ya oí tus risas, tus gritos y tus llantos. Parece ser que padre y los hermanos no han cambiado.

–  Tú no lo entiendes.

–  Entiendo demasiado, no sé si quiero saber el resto.

–  ¿Y tú? ¿Por qué no has invitado a ninguna de tus amiguitas a tú jardín de flores? ¿Se han olvidado de ti? A menudo tú te olvidabas de mí. ¿Acaso no tienes dinero? ¿te doy unas monedas?

–  Es a ti a quien quiero ver.

–  No quisiste llevarme contigo.

–  No escuché que ninguna palabra saliera de tus ojos.

–  Tenía miedo. ¿Y tú por qué no hiciste nada? De todos modos, no me hubieras llevado. Siempre estás con tus entresijos; eres un tramposo.

–  No hables de lo que no puedes saber. Ahora ya no importa.

–  ¿Qué quieres?

–  Hablar contigo. ¿Qué temes? Yo también soy un hombre. Tú sigues siendo una niña.

–  Temo tus palabras. ¿Vas a ser siempre tan arrogante?

–  No discutamos. Siéntate aquí, junto a mí. Tengo algo que decirte:

El tiempo lo cambia todo. Yo he cambiado. Mucho he aprendido en mi camino. He visitado otras tierras y he hablado con sus gentes. Antes de partir, los hermanos me relataron sus desventuras y me dieron sus mapas torcidos. Llegué hasta sus confines y luego seguí andando.

He intentado ser una buena persona; un buen hombre. He trabajado y he mendigado. He robado, he mentido; me he aprovechado de los otros. Me han golpeado y me han tirado por el suelo. Me han pateado. Siempre encontré la fuerza para levantarme. Aprendí a resistir.

Intenté ser un buen hombre, pero yo fui señalado como el delincuente. Nadie entendió mis alegatos. Fui apresado y desterrado. Entonces crucé el desierto. Anduve hasta su fin, hasta llegar a la mar.

Extenuado, me desnudé y me sumergí en ella. Bajo las aguas atendí su silencio. Salí horas más tarde con el ánimo renovado. Me tumbé a esperar. Sin sol y sin luna, el tiempo merodeó antojadizo hasta que por un azar los cielos y los mares se confundieron en uno. Se acercaba la oscuridad que nos descubre las estrellas.

Sentí una pregunta: ¿Cuántos hijos pródigos ha habido?

Estuve meditando toda la noche. Todos hemos fracasado. ¿Es posible que todos hayamos fracasado porque no nos hayamos planteado bien la partida?

¿Qué he encontrado en mí camino? A otras familias, otros padres, otros hijos y otros hijos pródigos. ¿A cuántos he conocido? Innumerables.

¿Qué esperábamos encontrar? Encontramos lo mismo que dejamos atrás. Todos partimos para no regresar, cuando de hecho todos estábamos condenados a hacerlo. Nuestra partida apenas consiguió cambiar algo. Tampoco lo hizo su regreso.

¿Qué más he encontrado? A otras madres y otras hijas; a otras hermanas. He encontrado una pena ancestral, una pena más antigua que nuestra memoria. Puedo reconocer que aún sin quererlo o sin saberlo, yo he contribuido a conservarla, también contigo.

Ahora también sé que yo mismo llevo la marca de este dolor primitivo, como parte de mi patrimonio y herencia; que este dolor me ata a ti, aunque tú nunca te hayas dado cuenta.

Después de mucho recapacitar, al amanecer decidí que no tenía sentido seguir andando. Había llegado al final de mi camino. Podría seguir andando hasta el fin de mis días, pero era el momento de regresar.

– ¿Por qué me cuentas todo esto?

–  Ya lo deberías saber. Ha llegado el momento. Ya lo hablamos hace muchos años.

–  ¿A qué te refieres? No lo sé. ¿Te acuerdas?

–  Claro que me acuerdo. Quizá mejor que tú.

–  Lo he pensado muchas veces. No quiero abandonar a madre; nos ayudamos.

–  Aquí madre te protege, pero también te limita y te constriñe. En ocasiones te miente y te utiliza. Además, ella no puede protegerte siempre de padre y con el tiempo tampoco podrá protegerte de sus hijos. ¿Quién te protegerá de mí? Supongo que todo esto ya lo sabes.

–  Sí que lo sé. Madre no me miente, hace lo que puede. ¿Qué le voy a decir? Cuando era joven ella también quiso partir.

–  Ya veo que llegó muy lejos. Llámalo como quieras; siempre con sus tejemanejes. Fue tan estúpida que previno a toda la familia de su partida. Yo hablaré con ella.

–  Eres cruel; tú no sabes lo difícil que es para nosotras. ¿No la temes?

–  Yo sé demasiado y no, no la temo; ya no. Me desharé de sus secuaces; entonces me tendrá que escuchar.

–  ¿Y qué dirás a padre?

–  Tu madre y yo impediremos que mande a los hermanos a buscarte, como hicieron los abuelos con nuestra madre. Si es necesario, saldremos a detenerlos. Él sabe que no puede demorar para siempre tu partida.

–  ¿Cuándo me voy?

–  Ahora, cuanto antes.

–  ¿Por qué no vienes conmigo? Lo podríamos hacer; lo podemos intentar.

–  Sabes que has de ir sola. Este es nuestro viejo mundo; a él pertenezco.

–  ¿Crees que yo también voy a regresar algún día?

–  ¿Eso es lo que tú crees?

–  No lo sé. Si todos los hijos habéis regresado; si incluso tú has regresado porque así lo has decidido; quizá yo también regresaré. Si nunca regreso, temo que nunca podré ver el mundo nuevo.

–  Aquí esperaré el día que vuelvas para liberar a madre y a mí; para liberarnos a todos.

–  ¿Por qué no lo haces tú mismo?

–  Porque yo no puedo hacerlo.

–  Sí que puedes. Has vuelto mucho más sabio y más poderoso. Junto a madre os podrías enfrentar a padre y a los hermanos. Los podríais derrotar. Yo os ayudaría. Sé que podrías hacerlo. ¿Tienes miedo, es eso?

–  No, no puedo hacerlo; cuando regreses lo entenderás. Tus palabras ya contienen la respuesta.

–  Tú y tus enigmas. ¿Entonces me voy ya?

–  Espera, toma mis mapas. No son del todo correctos, son imprecisos e incompletos; supongo que encontrarás muchos errores. Contienen algunas anotaciones y también algún conjuro que quizá te servirán. Toma también mi espada, es posible que la necesites.

–  ¿Cómo sabes que no la voy a utilizar contra ti?

–  Haz lo que quieras. ¿Crees que acertarías a tocarme? ¿Has aprendido a utilizarla?

–  Veamos. ¡Muere!

–  Has fallado.

–  No he querido darte.

–  Seguro.

–  ¿Y si pruebo con uno de mis conjuros? En esto sí que tengo práctica, más que tú. Conoces muy poco de madre, nunca le has prestado la suficiente atención. ¿O por qué no pruebo uno de los tuyos? Veamos las anotaciones…

–  Para de hacer la tonta o te convertiré en una rana. No has hecho nada de lo que te dije. No has practicado casi nada. Ves con cuidado, aprende a protegerte tú misma y a salir corriendo cuando la ocasión lo reclame. Vas a tener que aprender mucho; vas a recibir muchos golpes. Te humillarán, caerás y luego deberás ponerte de nuevo en pie.

–  Que así sea.

–  En el camino encontrarás a alguna otra hija pródiga, no abundan, pero alguna encontrarás; ayudaros, cada vez seréis más. También conocerás a las brujas; adiéstrate con ellas. Por lo demás, aprende a reconocer a los hechiceros, les gusta pasar desapercibidos; no deposites jamás toda tu confianza en ninguno de ellos, nunca sabes del cierto de qué lado están.

–  A ellas tengo ganas de conocerlas. En cambio, esto último me resulta familiar.

–  Si sobrevives llegará el día que deberás enfrentarte a los demonios que habitan en ti. Eso será lo más difícil.

–  Estoy dispuesta.

–  Hágase entonces tu voluntad: que mis palabras rompan para siempre las cadenas que te atan a mí. Que a partir de ahora tan sólo nos una el dolor.

–  ¿No debería preparar la partida?

–  No hay tiempo. No tiene sentido retrasarla, es demasiado arriesgado. Ha llegado el momento. Pronto amanecerá. Vete. Yo esperaré tu regreso, si así lo dispones. Ojalá halles las respuestas que tan sólo tú puedes encontrar y en ese día podamos amarnos con un nuevo amor. Aún con todas mis capacidades, yo tan siquiera llego a bien distinguir las preguntas.

–  Has de saber que yo ya estaba decidida a partir. Estaba esperando… Debo irme. Te amo hermano.

–  Yo también te amo.

–  ¿Estás llorando?

–  Vete ahora mi querida hermana. Vete con el nuevo día. Tú llevas todas mis esperanzas.

El hijo pródigo se refugia en la perecedera oscuridad de jardín. La hija pródiga toma el sendereo y abandona la casa.

 

 

O también…

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