El joven y el mar (título muy original)

No recuerdo la primera vez que vi la mar, ni la primera vez que me sumergí en ella. Apenas recuerdo la primera vez que me embarqué.

Al principio salía a navegar solo, cerca de la costa, temeroso de que la corriente se me llevara. Con el tiempo cogí confianza y partí hacia destinos más lejanos.

Un día conocí a una joven marinera y juntos tomamos rumbo. Durante años recorrimos los océanos y visitamos los mares más bellos; atravesamos la miscelánea de sus tonalidades y nos nutrimos de las caprichosas criaturas que los pueblan. Juntos nos enfrentamos al mar, a la furia de la tormenta, al arrebato del sol y al terror del negro abismo. Encarcelados el uno contra el otro, descubrimos la enemistad de los náufragos.

No podría explicar de manera exacta cómo sucedió. Supongo que poco a poco la locura se adueñó de mí fijando una idea en mi cabeza: ella era de la mar y a la mar debía volver. Así, siempre podríamos estar juntos, sin compartir las penalidades de la barca y yo me vería reflejado en sus aguas.

Una noche, cuando ella dormía, me embriagué de la luz de la luna y trasportado por un febril desvarío la agarré en brazos y la arrojé por la borda. Yo me sentía feliz mirándola mientras ella trataba de aferrarse y me pedía ayuda, hasta que la mar la engulló y se la llevó para siempre. Entonces, bajo los primeros rayos del sol embustero, me di cuenta de mi crimen y lloré la mar.

Durante años la busqué con la esperanza de encontrarla, de que hubiera sobrevivido, pero fue en vano. Con el tiempo aprendí a vivir con ello y la aparté de mi mente.

Desde entonces nunca más he sido presa de esa espantosa demencia. He navegado con otras compañeras y juntos hemos seguido surcando los enigmas eternos de la mar. Con ellas, hemos pasado buenos y malos momentos, hasta el día que alguno de los dos ha decidido que era mejor seguir por separado, cada uno con su barca.

Han pasado bastantes años desde la primera vez, pero todavía siento la necesidad de embarcarme y partir de nuevo. Supongo que es algo que nunca podré remediar.

En mis travesías he aprendido muchas cosas, pero tan sólo sé una de cierta: la mar es la mar, con sus misterios y sus lamentos.

 

(p.d.: no hace mucho, en la vieja taberna del muelle, un marinero anciano y tullido me contó la historia de una joven que hace años llegó exhausta a la orilla, agarrada a una tabla de madera y maldiciendo de un imbécil que la había arrojado por la borda. Cuando se recuperó no dudó en hacerse una nueva barca y partir, llena de fuerza y orgullo, a la mar).

 

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