La última vez que me fui de putas (otra historia “real”)

[Aviso para navegantes, esto es literatura, no una confesión]

Estaba en casa mirando el Loquo sin saber muy bien que hacer. Irse de putas es caro y no muy agradable. Luego te queda esa sensación de ser una mierda. Los anuncios también ponen cachondo, tanta teta, tanta oferta; estaba dudando si llamar o pajearme.

Las “asiáticas” son más económicas. Recordé la última vez que fui: no me convenció. Sólo había una puta china, vieja y fea. Cuando la vi quise huir corriendo, era todo lo contrario al imaginario pornográfico que traía yo, pero la madame me convenció: “quédate, trabaja muy bien”. Tenía razón, le ponía mucho empeño. Para follar la tuve que poner del revés, para no verla, pero la chupaba de maravilla, me sorprendió. Al salir anduve diez minutos, luego me tuve que sentar y suspirar: “joer, qué mamada”.

Tras mirar unos cuantos anuncios me decidí: “como no tengo un chavo me la voy a jugar con las asiaticas”. Llamé; estaba abierto. Empecé a tener esa sensación de estar haciendo algo que no me parece correcto. Antes me gustaba tener esta sensación de vez en cuando, sentirme como una inmundicia más; hacer lo que en apariencia está prohibido, pero que de hecho está promovido; mirar a los ojos a la sexualidad enferma de nuestra sociedad, sin tapujos; hundirme y revolcarme en ella, como un cerdo en el fango. Dicen que el conocimiento tiene un precio, ¿acaso el placer también?

Al llegar comprobé el número, llamé al timbre y esperé. Justo en ese momento una chica de mi edad llegaba al portal colindante. Antes de abrir se giró y me miró, parecía un poco sorprendida. Nuestras miradas se cruzaron por un momento; aparté la mirada, avergonzado. Pensé en decirle: “¿quieres follal? ¿Y así me ahorras el trance?”. Me dije que esa era una situación curiosa; a saber qué rumiaría ella. Entró en su portal. Oí una voz en el interfono: “¿sí?”, respondí: “vengo por el anuncio, he llamado antes”. Subí.

Una mujer de mediana edad me abrió. No había recibidor, la puerta daba a un pasillo. Me dirigió hacia una habitación. Era un apartamento bastante normal, pobremente decorado, un poco mugriento. Me senté en una silla. Poco después volvió la madame con 3 o 4 chicas. Escogí a una chica muy guapa, muy joven, pequeñita y delgada. Esta sí que correspondía a los videos porno.

Cuando íbamos hacia el baño para lavarme me miraba con los ojos muy abiertos:

–  Tu guapo. (Sonreí).

–  No, lo dices sólo como cumplido. Tú sí que eres guapa. Eres la chica más guapa que nunca he visto.

La habitación tenía una cama doble y poco más; era del mismo estilo que el resto del apartamento: cutre. Puso una sábana sobre la cama y nos estiramos.

Ella tenía ganas de hablar (supongo que tendría más ganas de hablar que de follar). Casi no sabía castellano, nos comunicábamos en una mezcla de castellano e inglés. Me contó que venía de china, que había venido a trabajar, pero no había encontrado nada. Necesitaba el dinero. Le pregunté la edad: no me acuerdo si me dijo 20 o 21. No era muy clara. Al cabo de diez minutos le dije que no había venido para conversar.

Primero me la chupó y luego me folló. Se movía muy bien, en nada noté que me iba a correr. Quería disfrutar un poco más. Le pedí de cambiar de posición; error. La puse a 4 patas, pero le dolía. Paré y me estiré:

–  ¿Me la puedes chupar por favor?

–  Sí.

Me sacó el condón y me la chupó. Le pregunté si me podía correr en su boca, pero no respondió. Cuando me iba a correr le cogí la cabeza y se la sujeté. Ella me miró suplicante. Saqué la mano. Ella apartó la boca; siguió lamiendo, pero más abajo, asegurándose de no tocar la lefa.

Después me hizo un masaje. Me iba hablando, no me acuerdo de qué. Miré el reloj. Todavía me quedaban 20 minutos. Le pregunté si podíamos follar otra vez. No quería. Le dije que iría con cuidado, me puse un poco pesado y accedió.

Enseguida le empezó a doler. Yo estaba encima. Paré. Le pedí que se quedara en esa posición, con las piernas abiertas. Me masturbé, todavía con el condón. Cuando ya estaba a punto de correrme le dije que quería acabar dentro. Cuando fui a penetrarla sentí su miedo. No sé si la llegué a meter un poco. Me corrí.

Antes de irme me dijo:

–  Tu bueno. (Se me revolvió es estómago).

–  No, no soy bueno.

–  Sí, tu bueno.

–  No, quizá soy menos malo que los otros.

Se me pasaron las ganas de volver a ir de putas. Las otras veces había sido siempre con mujeres más mayores que yo o de mi edad. Nunca había estado con alguien 6 o 7 años más joven. Quizá, si vuelvo a ir me aseguraré que sea una puta vieja, mayor que yo, cuarentona.

Todavía pienso en ella alguna vez. No me acuerdo de su cara, sólo de sus ojos negros mirándome. También recuerdo el malestar y el dolor que transmitía; la pena que tenía. Estaba rota. No quiero ni imaginar lo que debía soportar para que me dijera que yo era “bueno”. Pensé en volver, follármela otra vez y darle el teléfono de alguna asociación que pudiera ayudarla, pero no lo hice. Espero que encontrara un trabajo, que pudiera salir de eso.

Todavía recuerdo sus ojos negros, como dos pozos de tristeza.

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