Caperucita loba (otra historia “real”)

Era un animalito. Me mordía. Me arañaba. Me apartaba y luego saltaba sobre mí. La empecé a masturbar en vagón del metro. Le metí los dedos. Me miraba con rabia, cachonda, un poco ida. Saqué los dedos. Me mordió otra vez. Yo también la mordí y se los volví a meter. Así estuvimos durante varias estaciones, mojando el asiento entre besos, lametazos y muerdos.

Me separé de ella. Nos quedamos mirando, jadeando. Me saqué la polla y le cogí la cabeza. Le gruñí. No tuve que hacer mucha fuerza, sólo para dirigirla. Lo poco que me quedaba de moral retumbaba en mi cabeza: “esto está muy mal, pero como me gusta”.

Nos habíamos encontrado unas horas antes de fiesta en una casa okupa. Ya nos conocíamos de la movida, habíamos hablado alguna vez. Era muy joven, 7 u 8 años menos que yo, justo entrada en la veintena. Tenía un aspecto un poco inocente, a pesar de las pintas y del corte de pelo.

–  Sabes (me dijo) estoy harta de los chicos de mi edad. Tengo ganas de estar con alguien mayor.

–  Yo en cambio no quiero estar con más crías. Siempre te salen con rollos raros.

Me la encontré a la salida. Yo estaba liando, ella en busca de sus  amigas. La llamé. Se paró delante de mí.

–  Líate conmigo.

–  No, no sé.

–  Bueno, como quieras.

Se quedó ahí, mirándome. La cogí. La besé. Nos liamos. Fuimos a por sus amigas. Vivíamos en el mismo barrio. Nos encaminamos hacia el metro.

Llegamos a otra estación en la que nadie subió. Le alcé la cabeza. La besé. Me mordió; demasiado fuerte. Le di un empujón y la agarré. Le mordí el cuello para sujetarla y le volví a meter los dedos. Así la tenía, resoplando, esperando la ocasión para revolverse cuando llegamos a nuestra parada. Nos levantamos muy dignos, nos despedimos de sus amigas y bajamos.

Al salir del metro ya había clareado. Le propuse venir a casa, pero no quiso. Le propuse de acompañarla hasta su casa; no le pareció mal. Nos íbamos parando en los portales: escápate otra vez Caperucita. Nos sentamos en el banco de una plaza. Se le había vuelto a poner la cara de niña, con esos ojazos tan claros:

–  ¿Qué estoy haciendo? Ya te he dicho que no era buena idea. Bueno, de hecho he sido yo el que ha empezado. Tú no has parado tampoco. Estoy super cachondo. Yo me quiero liar con treintañeras, que saben a lo que van. Tanto que dices que te quieres liar con tíos mayores… (iba yo pensando en voz alta y provocándola).

No recuerdo muy bien de qué hablábamos. Me iba respondiendo. Parecía un poco sobrepasada por la situación. Aunque ya no estábamos muy borrachos, los dos estábamos cansados. Eso no era una conversación.

–  Va, vamos, tu casa está dos calles más pallá, ¿no? Luego me voy pa la mía.

Unas horas antes también me había parecido bastante niña. Era una chica más bien baja, todo curvas. Tal como iba vestida no resaltaba en especial, pero era una auténtica monada; de esas chicas que un día se visten como una señorita y se forma el gran revuelo.

Su aspecto un poco aniñado contrastaba con su forma de bailar. Cómo bailaba. Cómo se arrimaba. Cómo seguía el ritmo; me hacía sentir como un pato. A la tercera canción yo ya estaba trastocado:

–  Joer tía, me he puesto to palote.

–  Así va más pa dentro (me soltó con su mirada picarona; me quedé bizco).

–  … Me voy a buscar una cerveza, ¿quieres algo?

Llegamos al portal de su casa. Nos besamos y nos abrazamos.

–  ¿Quieres subir?

–  ¿No me has dicho que vives con tus padres?

–  Sí.

–  No, paso, no me los quiero encontrar (recuerda Trainspoting Bernat).

Nos quedamos mirando. Ella estaba apoyada en la puerta. Se le puso la cara traviesa, con esa media sonrisa, ¿acaso no me estaba provocando? A mí también se me debió cambiar la cara: ven aquí lobita, vamos a jugar.

Me abalancé sobre ella. No intentó escapar. La atrapé entre mi cuerpo y la puerta. Sentía  el olor de su sexo. Nos besamos, nos mordimos, nos metimos mano. Le subí la camiseta y el sujetador. Tenía los pechos grandes, perfectos. Hundí mi cabeza en ellos. Le volví a meter los dedos. Seguía mojada. El lobo crecía y aullaba dentro de mí.

La giré, le subí la falda y le aparté las bragas. Me abrí el pantalón. A esas alturas yo ya no estaba empalmado; tanto sube y baja llega un punto que se queda morcillona y caliente. Se la metí como puede, sin condón, tal cual: “bájate un poco y saca el culo”. A la tercera o cuarta embestida yo ya estaba a tope. Le mordía el cuello, la cara, las orejas; le sobaba las tetas, los muslos, el culo, el coño.

Ella no paraba de moverse: lobita cachonda. Me dejó la marca de sus dientes por todo. No sé cuándo tiempo estuvimos, demasiado por ser un portal. Nos íbamos poniendo como podíamos. De vez en cuando pasaba un transeúnte madrugador; entonces nos quedábamos muy quietos, el uno contra el otro (gran técnica de camuflaje) hasta que había pasado.

Salí de ella: “así no me voy a correr”. Se puso de rodillas y me masturbé en su boca. Quizá debería haberla avisado, pero en eso momento me daba todo igual. Le sujeté la cabeza con fuerza. Luego me incliné y puse la mano bajo su barbilla: “escupe”. No llegué a tiempo.

Cuando me arrodillé ya se estaba haciendo un dedo. La comía, la lamía, le mordía los muslos. Le empezó a coger el tembleque, dos o tres veces, pero luego paró: “da igual, no me voy a correr”.

La cogí en brazos y la levanté. La apoyé contra la puerta y me la volví a follar. Al cabo  de unos minutos noté como los brazos y las piernas me fallaban. Se acabó, “no puedo más”.

Nos quedamos mimándonos y hablando. Nos dimos los teléfonos. Antes de irme se le volvió a poner la cara de niña que nunca ha roto un plato:

–  Pero no me vas a llamar. No voy a saber de ti hasta que nos encontremos de casualidad, quizá dentro de dos o tres años. (Me quedé helado, ¿qué he hecho? ¡Judas bendito! ¿me he comido a Caperucita?)

–  No, claro que te voy a llamar. Me gustas mucho (la abracé y le di un beso tierno). Adiós, hasta pronto.

Al volver hacia casa me notaba como si acabara de correr una maratón, estaba completamente empapado en sudor, como si saliera de la ducha. Ese día dormí plano.

La llamé al cabo de una semana, pero no podía quedar. Luego, al cabo de un mes o dos, le escribí un mensaje, pero tampoco podía quedar. Le envié otro mensaje: “menuda cuentista estás hecha, y yo preocupado”. Su respuesta fue: “lo siento, no quería herir tus sentimientos”. Me quedé de piedra: “joer, ¡me la pegado una niñata!”.

En fin, me quedé con las ganas de decirle: “ven aquí lobita, ven otra vez que te voy a explicar algo. No temas, yo no te quiero domar ni domesticar, más bien al contrario. Menos cuentos,  separa tu animal de la violencia: más animal, más sexo. Ves hacia tu tálamo”.

Algunas notas (en general no me gusta ponerlas, hago una excepción):

Esta historieta refleja bastante las construcciones sociales de las fantasías sexuales. A los elementos comunes del sexo pasional-animal se junta el tópico de la diferencia de edad: el chico que es más mayor. Yo siempre he pensado que está bien liarse con personas de diferentes edades y con personas más mayores, pero creo que en general es más creativo liarse con gente de tu edad.

Esto contado así puede parecer excitante (si lo he conseguido plasmar así), pero esto se puede convertir muy rápido en un sobón babeando sobre una chica encastada contra la pared diciéndose: “buff que acabe ya esto”. No costaría tanto explicar la historia de un modo u otro.

La expresión del consentimiento no es verbalizada en ningún momento de una manera explícita. La situación se da o se genera. En último momento es siempre el chico quien toma la iniciativa. Este es un modelo de comportamiento que puede dar pie fácilmente a equívocos y a situaciones no deseadas.

La dualidad Caperucita-Loba es interesante: pero esta dualidad tampoco acaba de recoger la complejidad de la psique humana. Ni de lejos, es una dualidad prefabricada.

A la dualidad Caperucita-Loba se le contrapone una dualidad Leñador-Lobo (sí, sí, ya sé que yo de leñador poco).

Simplificando, se pueden asociar la relación sexuales legítimas como los pares: Caperucita-Leñador, Loba-Lobo. El par Loba-Leñador es prácticamente inexistente de nuestras representaciones sociales. El par loba-lobo tampoco es tan usual. El ideal es Caperucita-Leñador y su depravación es Caperucita-Lobo.

 

 

Just like a woman (lyrics)

Nobody feels any pain
Tonight as I stand inside the rain
Ev’rybody knows
That Baby’s got new clothes
But lately I see her ribbons and her bows
Have fallen from her curls
She takes just like a woman, yes she does
She makes love just like a woman, yes she does
And she aches just like a woman
But she breaks just like a little girl.

Queen Mary, she’s my friend
Yes, I believe I’ll go see her again
Nobody has to guess
That Baby can’t be blessed
Till she finally sees that she’s like all the rest
With her fog, her amphetamine and her pearls
She takes just like a woman, yes she does
She makes love just like a woman, yes she does
And she aches just like a woman
But she breaks just like a little girl.

It’s was raining from the first
And I was dying there of thirst
So I came in here
And your long-time curse hurts
But what’s worse
Is this pain in here
I can’t stay in here
Ain’t it clear that.

I just can’t fit
Yes, I believe it’s time for us to quit
When we meet again
Introduced as friends
Please don’t let on that you knew me when
I was hungry and it was your world
Ah, you fake just like a woman, yes you do
You make love just like a woman, yes you do
Then you ache just like a woman
But you break just like a little girl.

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