Una rotura (otra historia “real”)

Nos conocimos en un bar vacío. Era Nochebuena. Mis colegas ya se habían retirado. Ella tenía un aspecto un poco friki: gafas de pasta, rollo alternativa, un poco grandota, poco femenina. Confieso que antes me fijé en su amiga, más acorde a los cánones de belleza y feminidad, pero enseguida me di cuenta que era una engreída sin demasiado interés.

Ella tenía un humor particular y una forma de bailar bastante personal. No me lo pensé dos veces. Estaba muy cerca, mirándome fijamente. Nos liamos. Le propuse de ir a dormir juntos; no estaba muy convencida. La acompañé hasta casa. Le pedí de subir. No estaba muy convencida, pero me dijo que sí.

Nos fumamos un porro y tomamos algo en el salón. Estaba un poco nerviosa:

– Bueno, tampoco es necesario follar, vamos haciendo cositas y me dices hasta dónde quieres llegar (le propuse).

– Vale.

Fuimos a su habitación. No quisimos parar. Recuerdo estar encima suyo y tomar un poco de perspectiva (un toque fetichista). La vi como si fuera otra persona. No es que la friki del bar no me pareciera atractiva, pero me sorprendí: “¿De dónde ha salido este pivón? Qué cuerpo, qué piel. Qué guapa. Abrázame”.

Dormimos muy juntos en una cama de ochenta. Recuerdo como buscaba mi cuerpo, como desesperada, aferrándose a mí como una niña atemorizada. Yo me sujetaba en ella. Éramos como dos niños que se abrazan y se reconfortan en un refugio inerme al abrigo de un mundo que se desmorona.

Al día siguiente ya no estaba nerviosa. Parecía de buen humor. Se nos habían acabado los condones: – ¿Hacemos un poco el guarrete?. – Vale.

Estuvimos saliendo un tiempo, nunca demasiado formales. Yo la cagué; ella la cagó. Nos perdonamos. Supongo que alguna vez me puse un poco pesado con el sexo. Pegamos algún polvo sin que ella tuviera muchas ganas o guardando cosas en la cabeza (en cambio, los hombres siempre tenemos muchas ganas). Nada que lamentar, quizá algún arañazo.

Un día la dejé de llamar. Era eso o ir a más. Las circunstancias tampoco permitían muchas opciones. Seguir en ese terreno incierto no era posible. Entonces rompí el contacto durante 3 o 4 meses. Cuando la llamé otra vez me dijo que tenía novio, un novio de verdad.

Nos vimos al cabo de un tiempo, durante las fiestas de Navidad, otra vez. Fuimos de bares y estuvimos charlando. Llegó la hora de la despedida. Nos besamos. Los dos acordamos que eso era muy mala idea: no tenemos que liarnos. La acompañé hasta el portal de su casa. Me preguntó si quería subir. Le respondí que si subía acabaríamos follando. Me dijo que no, que nos controlaríamos y que tenía buena hierva. Subí.

Creo que le pedí alcohol. Sacó una botella de vodka. Le dije: – mira, si nos la bebemos entera seguro que no follamos porque no podremos. – Vale, dale.

No la acabamos. No me acuerdo bien como fue. Ella se dejaba hacer. Fue un polvo mareado: un polvo impersonal, sin desvestirnos del todo, una sin pantalón y el otro sin camiseta; un polvo guarro, de dos borrachos torpes, incómodos, ella encastada en el sofá y yo sofocando. El polvo que no queríamos echar; el único que podíamos pegar. Ni lo acabamos. No sé ni cómo llegamos a la cama.

Me desperté al cabo de unas horas, todavía borracho, cachondo perdido. Empezamos a follar. Le pedí si podía correrme dentro. Me dijo que no, pero insistí hasta que accedió; eso me excitó. Entonces acabé fuera. La miré con cara rara, la abracé, me estiré y me volví a quedar dormido.

Me despertó al cabo de una hora o dos, muy estresada, yo resacoso perdido: – me tengo que ir, me he dormido, es super tarde, tengo comida familiar. Levántate y vamos. – No me habías dicho nada. ¿Por qué? No quiero. – Va, vístete, me están esperando.

En el portal de su casa nos encontramos a sus padres esperándola en el coche. Sólo faltaba su churri. Dos días después me mando un mail, estaba bastante enfadada, resumiendo: “no te quiero volver a ver, al menos en unos meses”.

No nos vimos hasta unos meses después. Esta vez no nos liamos. Le pedí perdón. Le dije que no me quería liar otra vez. “No nos vamos a liar nunca más”, me respondió.

Me abrazó tres veces antes de irse. La recuerdo andando calle abajo, acompañada de ese capullo que no sé dónde lo había sacado, pero que iba en la misma dirección. Su novio no estaba en casa. Todavía se giró antes de perderse entre la gente.

Mejor así, ese día de Navidad, en ese polvo de mierda, algo se rompió. La confianza que habíamos establecido tiempo atrás ya no existía. El vínculo se había quebrado. Unos meses después, al verla partir calle abajo, el desgarro que sentía no era más que la constatación de la rotura.

Me giré. Todavía era pronto. Era noche de fiesta.

 

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